No lo escribo desde el otro lado. Lo escribo desde adentro. Desde ese lugar donde el duelo todavía tiene temperatura, donde me atraviesa, donde la pérdida no está integrada sino viva, moviéndose, ocupando espacio en el cuerpo de formas que no siempre puedo nombrar bien.
Y aun así quiero escribirlo. Porque escribirlo es mi forma de honrar lo que fue, de agradecer ese camino, de darle lugar a algo que la vida cotidiana no siempre sabe sostener.
Hay pérdidas que no tienen funeral.
No hay flores, no hay rito, no hay nadie que te diga “lo siento” en el momento exacto en que algo muere — porque incluso no sabemos exactamente cuándo fue eso. Es casi como que solo pasó. Porque lo que murió no es una persona ni solo un vínculo: es una familiaridad, una sensación de hogar. Un mundo compartido. Un idioma que construiste con alguien durante años y que un día dejó de hablarse y se siente lejano. La forma en que esa persona conocía tus gestos antes de que vos los nombraras. La forma en que existías dentro de ese vínculo — que era también una forma de existir en general.
Eso no tiene nombre social. No entra en las categorías conocidas. Y entonces no hay estructura que lo sostenga, no hay permiso colectivo para dolerse, no hay nadie que valide que lo que estás cargando es exactamente lo que es: un duelo. Un duelo que sacude el corazón como cualquier otra pérdida.
Y el cuerpo sabe. El cuerpo carga igual, pesa, agota, baja el ritmo.
En mi caso, lo que me ha resultado más difícil no es la distancia en sí — aunque la siento profundamente. Es lo que la distancia activa hacia atrás. Esa operación donde la mente va a revisar todo lo anterior como si el final tuviera el poder de decidir si algo fue real. Como si la familiaridad que se perdió probara que nunca existió de verdad. O como si revisando eso algo cambiara de los hechos actuales. El hecho es que ya no está, ya no es igual.
Eso me cuesta. Todavía me cuesta bastante. Porque la verdad que sigo aprendiendo es que algo puede haber sido profundamente real y no permanecer — casi todo en la vida tiene esa fórmula tarde o temprano. Y la distancia de hoy no reescribe lo que fue. Perder el acceso a alguien no es lo mismo que perder la verdad de lo que se vivió.
Pero saberlo no lo hace menos doloroso. Y eso también es parte de lo que quiero decir acá. Porque escribir esto de alguna manera le da su ritual, me aliviana, me hace sentir que puedo honrar todo eso, abrazar ese vínculo, ese amor, ese camino que fue y es. Tal como está siendo.
Porque hay algo muy particular en caminar con un duelo que nadie ve — incluso en los que se ven más. La vida sigue, y uno también sigue, construyendo, moviéndose, eligiéndome como nunca antes había sabido elegirme — mientras al mismo tiempo algo en mí está en duelo. Esas dos cosas no se excluyen. Se puede estar avanzando y doler. Se puede estar agradecida y extrañar. Se puede amar a alguien desde lejos con una ternura que no necesita cercanía para ser real.
Eso también lo aprendí. Que el amor y la pérdida no se turnan — a veces conviven sin resolverse, y no hay que elegir cuál es la verdadera. Ambas lo son.
Lo que sí puedo decir, desde donde estoy hoy, es esto: hay personas que fueron hogar. Que me sostuvieron cuando yo no podía sostenerme. Que creyeron en algo en mí antes de que yo pudiera verlo. Que caminaron conmigo por tramos que sin ellas hubieran sido mucho más oscuros. Y que hoy, por razones que aún no entiendo del todo — y no sé si lo haga o tenga que hacerlo — ya no están de la misma forma.
Me duele. Todavía me duele muchísimo.
Y al mismo tiempo, a la distancia, sé que están creciendo y algo en mí se alegra genuinamente. Las admiro. Las agradezco. Las amo. Y escribir esto es mi forma de honrar eso — lo que fue, lo que construimos, lo que se fueron llevando sin saberlo y lo que me dejaron sin proponérselo. Lo que no supe sostener, cuidar, lo que no supe ver a tiempo — y simultáneamente perdonarme por ello, mientras a la distancia, en forma de abrazo, deseo entregar esa disculpa por lo que pesó.
No escribo esto porque lo tenga resuelto. No lo tengo. Escribo desde la confusión, desde la ambivalencia, desde ese lugar donde el duelo y la gratitud coexisten sin que ninguno gane. Lo escribo siendo humana, y dándole su lugar.
Porque a veces honrar algo significa nombrarlo aunque todavía duela tanto nombrarlo.
Y esta es mi forma de hacerlo hoy.
— Dani Bolaños

